ENTONCES, ¿LLAMO AL FONTANERO?

Publicado el por N.B. / Santiago Torre (autor)

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Voy a relatar una historia inventada en la que soy protagonista, pero que perfectamente podría ser realidad ya que todas las interrupciones relatadas me han sucedido, aunque no en el mismo día.

Hace unos días estaba reunido con un prospecto –posible cliente-. Habíamos fijado la realización de un diagnóstico de su negocio y estudiar si se le podía ayudar y cómo. Para ello le había pedido que me enviara unos datos básicos por mail o fax y una hora sin interrupciones y que me dedicara toda su atención. Así lo hizo. En el cuestionario indicaba que una de sus principales pegas era que no sacaba el rendimiento que necesitaba de su negocio y que estaba todo el día corriendo de un lado para otro, llegando tarde a todos los lados y que se le quedaban sin hacer un montón de tareas importantes y que las hacía de cualquier modo cuando eran muy urgentes o, si no tenían fecha, directamente las evitaba.

Este discurso me suena bastante y suele ser uno de los principales aspectos que trabajamos los coaches al inicio de cualquier proceso, así que tampoco me sorprendía, pero os cuento de forma resumida como fue la reunión.

Estábamos en las presentaciones iniciales y me estaba enseñando sus instalaciones y contándome aspectos generales cuando vino uno de sus trabajadores, y nos interrumpió diciendo (los nombres no son reales y he modificado un poco las conversaciones y temas para evitar identificaciones).

“Antonio, perdona que os interrumpa, pero tengo al camión que nos trae la materia prima que necesitamos diciendo que no va a poder llegar antes de la hora que cerramos para comer y que a ver si le podemos esperar”.

“No fastidies, estamos siempre igual. ¿Cuánto se va a retrasar?”.

“No me lo ha dicho, pero no será mucho”.

Manolo, puñetas, pues pregúntaselo. Si se tiene que quedar alguien por lo menos saberlo para ver si hay que comer antes o se come cuando se descargue”.

Antonio se disculpó conmigo y seguimos el camino. Justo antes de comenzar a subir para la oficina vino otro empleado que le preguntó sobre que hacía con un envío a un cliente que había pedido 20 unidades de un producto, pero que solo tenían 17. Otra conversación rápida de pasillo y me dice, perdona un segundo, coge su móvil, llama al cliente y acuerda que le envía 12 y que en cuanto reciban del proveedor el resto le envía las 8 restantes. Le asegura que no le va a dejar sin producto, que lo recibirá en breve.

Tras cruzar la puerta de la oficina me lo vuelven a asaltar, cual bandoleros de la sierra de Granada y esta vez la pregunta era sobre un descuento que un cliente decía que no se le había aplicado y que él le había prometido. Tenía razón el cliente, a Antonio se la había olvidado decirlo.

Por fin nos sentamos en su despacho y comenzamos el proceso de diagnóstico cuando a los cinco minutos suena su teléfono. “Perdona, lo tengo que atender”.

“Sí, Gaizka, dime”…

“Media hora, solo media hora, ¿Quién se puede quedar?”…

“¿y Lucho y Ander tampoco? Es que hoy le había dicho a mi mujer que sí que iba a casa a comer, no me fastidiéis… venga, va, déjalo que ya me quedo yo, pero dejarme las llaves del toro puestas y no me hagáis como la vez anterior”.

“Déjame que adivine” le digo –jugando claramente con ventaja ya que había oído su parte, aunque no la otra-. “Ninguno se puede quedar y entonces te comes tú el marrón de hacerlo y de decirle a tu señora que no comes con ella, ¿verdad?”. Asiente con la cabeza poniendo cara de cordero al que van a degollar.

Comienzo a comprender su problema claramente y seguimos analizando su empresa y lo que hace y no hace y los posibles caminos a recorrer para cambiar la situación. De nuevo no habían pasado diez minutos cuando abren la puerta y esta vez era un problema con un repartidor que se le había quedado parada una furgoneta y que a ver que podían hacer. Antonio de nuevo coge su teléfono hace dos o tres llamadas y consigue una grúa y le indica al repartidor lo que tiene que hacer en caso de que el de la grúa no le solucione el problema sobre la marcha.

“Ya ves, así es mi vida. Es imposible que planifique nada ni que pueda hacer coaching ni nada parecido. Es imposible. Mi negocio es así, tienes que estar todo el día encima de todo”.

“Ya, ¿y realmente crees que el dueño de todas las empresas de tu sector funciona así?”.

“Ya te aseguro yo que sí. No hay otro modo”.

“¿no hay otro modo? ¿Y que es de Acme (y le cito una multinacional de su sector, líder indiscutible en el mismo)?”

“Esa no vale. Esa tiene medios. Si yo tuviera esos medios… Además el que está al frente aquí no es su dueño”.

“¿y tú crees que esa empresa nació así, con 5.000 empleados o crees que empezó como todas, con sus dueños originales en el garaje de su casa, sin cobrar un duro y trabajando 100 horas a la semana?”, le pregunté.

“Claro que no”, le digo, “pero lo que te aseguro es que esa empresa un día fue como la tuya, pero su dueño fue capaz de solucionar los problemas que a ti ahora te afectan y consiguió que su empresa funcionara sin él. Y ahora vive mucho más cómodo que tú”.

“¿y contratándote a ti me vas a hacer tan rico como a él?” me dice con sarcasmo.

“Yo no hago rico a nadie. Es uno mismo el que puede hacer eso, yo te puedo ayudar a que cambies y a que tu empresa cambie, lo del rico ya es cosa tuya. Mira, tú me lo dijiste y yo lo he visto. Tienes un problema abordable, pero que exige cambios en tu forma de pensar y hacerte salir de tu zona de confort, que a pesar de que creas que no es así, ese es tu problema: enfrentarte a situaciones que no te gustan. Para ti es más fácil hoy descargar ese camión que ordenar a otra persona que lo haga o decirle al camionero que es su problema y que no le descargáis a esas horas, pero no enfrentarte a ello lleva a que esos problemas se acumulen y no te dejen trabajar, pero el responsable eres tú, no los demás. Si quieres y estás dispuesto a hacerlo podemos trabajarlo y cambiarlo y te aseguro que cambiará tu vida y tu empresa”.

“Esto no se cambia tan fácil porque no puedo decir a nadie que se quede y necesito la mercancía y…”. “No sigas”, le interrumpo. “Todo eso no son más que excusas para no enfrentarte a la situación de verdad… y tú lo sabes. ¿Te rindes o quieres luchar?”.

“Es que con mis trabajadores no se puede”.

(Abro un paréntesis el relato y escribo una reflexión. Y una puñeta, con quien no se puede es contigo. Tus trabajadores se comportan como niños (en muchas ocasiones como adolescentes, lo que es mucho peor), pero es contigo, no con todo el mundo.

Esos mismos que no saben hacer nada sin preguntarte, en su casa son padres y madres y toman decisiones y se compran casas y coches y deciden su lugar de vacaciones y ordenan a sus hijos y no son dependientes en cada momento, pero en la empresa son como niños, no saben hacer nada sin que se les diga lo que tienen que hacer.

Es una realidad en muchas pequeñas empresas, el dueño se queja de que está todo el día apagando fuegos y corriendo de un lado para otro, pero prefiere vivir instalado en esa “su zona de confort” en vez de enfrentarse a las situaciones, poner orden y conseguir una empresa que funcione sin él. Cierro el paréntesis y mi reflexión.)

“Mira, mi propuesta es trabajar todos esos aspectos y conseguir que en tu empresa se pueda. Te aseguro que si tú quieres es posible, pero requiere esfuerzo e incomodarte un poco a veces, pero el resultado es provocar cambios muy importantes en tu vida y en tu empresa ¿Aceptas el desafío o prefieres quedarte en tu zona de confort?”.

En ese momento se abrió repentinamente la puerta y entró una chica gritando.

“Don Antonio, me estaba lavando las manos se ha roto el grifo, no puedo parar el agua que está saliendo e inundando el cuarto de baño, ¿llamo al fontanero?”

Y en tu empresa, ¿Qué hacemos? ¿Llamamos a alguien o prefieres seguir haciendo tú todo?

Santiago Torre Escudero

Coach de Negocios

www.impulsocoach.com